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Rojo oscuro

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Hay películas en las que el guión es un despropósito total,  lleno de coincidencias increíbles, giros de guión imposibles y pistas falsas que intentan confundir al espectador. “Rojo oscuro” (“Profondo Rosso” 1975, Darío Argento) es una de estas películas, sin embargo tiene las suficientes virtudes en el resto de los aspectos técnicos como para que sea una obra cinematográfica fascinante y ridícula a partes iguales.

“Rojo oscuro” nos cuenta como un músico inglés llamado Marcus Daly (David Hemmings), el cual se encuentra en Roma por motivos de trabajo, presencia desde la calle como una famosa médium es asesinada en la ventana de su casa. A partir de entonces, con la ayuda de una reportera de un periódico local, intentará descubrir la identidad del asesino.

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Empecemos por lo malo, como ya he dicho el guión es un puro despropósito, algo que suele ser habitual en la filmografía de Argento y en todo el género Giallo. Parte de una premisa argumental tópica y típica: el hombre normal que se ve involucrado en una situación extraordinaria, en este caso el ser testigo de un asesinato, sin haber podido identificar al causante del mismo. A partir de ahí la cosa se desmadra, la policía como suele ser habitual, aparece únicamente tras el primer asesinato, para posteriormente prácticamente desaparecer de escena tras el resto de homicidios. El personaje principal nunca se le ocurre pedir ayuda a la policía cuando tiene que visitar sitios y personas que pueden ayudar a resolver los crímenes. Personajes que aparecen en sitios insospechados en los momentos más oportunos para que la sospecha recaiga sobre ellos, otros que no pintan absolutamente nada, etc.

Otro aspecto bastante pobre es el que se refiere a la labor de los actores, la cual no llega al mínimo exigido para una buena película. David Hemmings se limita a poner cara de asombrado cada poco tiempo, alternando con cara de pensativo cuando está discurriendo posibles soluciones al enigma. El resto del reparto está a un nivel más bajo todavía, pululando su labor entre el esperpento y el histrionismo salvaje.

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Entonces, ¿Qué tiene de bueno “Rojo oscuro”?. Tiene varias y muy valiosas aportaciones, empezando por una serie de secuencias sin diálogos, acompañadas por diferentes tipos de música, en las que el director Darío Argento, nos muestra mediante unos constantes movimientos de cámara muy cercanos, una serie de objetos usados por el asesino. Escenas que remiten al inicio de la película, en el que con la cámara a ras del suelo se nos muestra fuera de plano un asesinato, un hecho que habría marcado para siempre al misterioso asesino. Estas escenas siempre consisten en una especie de preludio de algo que va a suceder, lo que estructura el film en varias partes, como una sinfonía musical tremendamente macabra.

Visualmente la película es una maravilla, Argento consigue que los cruentos asesinatos cometidos sean una delicia para la vista, conjugando perfectamente el uso de la cámara, la fotografía colorista y la música. Pero no sólo eso, ya que hay escenas en las que se permite el lujo de homenajear a gente como el pintor Hopper, recreando en la película su famosa pintura “Nighthawks”. Así mismo, el uso de la cámara subjetiva, personificando al asesino, introduce pinceladas de realismo en una película muy necesitada de ello y crea una mayor tensión en el espectador. Argento crea un gran contraste en su puesta en escena al alternar primeros planos, cámara subjetiva y planos generales tomados desde gran altura.

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Otro aspecto destacable, es la atmósfera agobiante que preside todo el metraje, todo parece irreal, una ensoñación que se transforma en pesadilla cada vez que se comete un asesinato delante del espectador, el cual se ve atrapado en una maraña de sensaciones de la que no puede (ni quiere) salir.

¿Y la música?. La música a cargo del grupo de rock progresivo italiano Goblin te envuelve, es machacona hasta decir basta, pero ayuda y mucho a sumergir a la platea en esta historia que no sabes por donde empieza ni acaba, pero que estás disfrutando cada minuto de la misma.

Las comparaciones con el maestro Hitchcock son inevitables, ya que esta película usa muchos de los recursos utilizados por el genio británico a lo largo de su carrera. Como ejemplos baste citar el uso de un personaje ajeno al mundo de la investigación, el cual se ve envuelto en una trama peligrosa, algo visto muy frecuentemente en las películas de Hitchcock. El otro recurso utilizado previamente por Hitchcock no lo voy a comentar para no estropear la trama a quien no la haya visto, aunque recalco que si hay que ver esta película no es precisamente por la historia.

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Se cumplen este 2015 cuarenta años del estreno de “Rojo oscuro” y pocas películas de terror (más bien ninguna) se han hecho desde entonces que hayan logrado un alcance visual tan genial como el que consiguió Darío Argento con esta película. La pena es que el desastre de guión y la mala interpretación de los actores lastra y mucho la valoración global de una película que, de todas formas, recomiendo fervientemente su visionado.

En cuanto a su edición para el formato doméstico, existe tanto en formato DVD como en Blu-Ray editada por Karma FIlms hace un par de años. No esperéis que la pongan por televisión porque os podéis morir antes.

Gabriel Menéndez Piñera

Un comentario de Rojo oscuro

  • Christian  dice:

    Unos créditos iniciales a los que acompaña la estridente y atractiva música de GOBLIN y atravesados por una secuencia que ya nos mete de cabeza en un terrible asesinato, dan paso a la función preparada por Argento, y en el lugar más indicado: un teatro, donde asistimos a una demostración de poder psíquico de la mentalista Helga Ulmann, en estado de shock tras haber leído el pensamiento a uno de los espectadores, culpable de un crimen. Así se establecen tres elementos básicos: la importancia psicológica en la que se apoyará la historia, la atención que el director brinda al color rojo, cuyos tonos resaltan con especial intensidad, y el punto de vista del culpable. La premisa, sin embargo, hará retroceder al director sobre sus propios pasos.
    Tal como ocurría en cada uno de los títulos de su Trilogía de los Animales, en “Rojo Oscuro” también aparecerá un inocente que será testigo de un asesinato sin solución, en este caso el pianista Marc. Premisa basada en el clásico “whodunit” por la que planea la sombra de Hitchcock en todo momento, desvelando el italiano su gusto por “Psicosis”, “Crimen Perfecto”, “Frenesí” o “Vértigo” (el póster es un claro homenaje al de aquella) mientras hace hincapié en la fascinación que provoca el asesinato, lo cual se revela de diversas formas, tanto por medio de la palabra (Marc confiesa interesarse en el caso por el morbo) como de las acciones (el alfiler que sujeta Amanda para defenderse, el puñal con el que juega Giordani).

    Pareciera que todos los personajes se hallan atrapados por la embriagadora esencia del acto criminal. La intriga del cada vez más enrevesado argumento se escora hacia el terror cuando llegamos a la antigua mansión, sobresaliendo el espíritu de Mario Bava y Allan Poe, y poco a poco el violento “thriller” queda transmutado en un cuento macabro que nos arrastra al mismo corazón de las tinieblas (escenificado en aquella entrada nocturna donde el protagonista decide averiguar qué oculta la habitación tapiada); el film llegará a la autoparodia hacia el final en un ejercicio de confusión atolondrante pero nada es lo que parece. La realidad de Argento no es distinta de la reflejada en el espejo, y por tanto, al igual que Marc, acabamos hábilmente embaucados.
    Pero lo que convierte a “Rojo Oscuro” en un gran “giallo” es sin duda su aspecto técnico, esa atmósfera cuidadosamente construida por el director que logra engullirnos en un abrir y cerrar de ojos; Argento hipnotiza al espectador con su manejo de la cámara, deslizándola por el escenario prestando especial atención en los detalles (los objetos del asesino mostrados en un travelling sensacional, la gota de sudor en la frente de Marc, el ojo en mitad de la oscuridad, el vapor en los azulejos) y creando una sensación de desasosiego indescriptible durante las secuencias de los homicidios, enfatizando la extrema brutalidad y el color rojo de la sangre, al que confiere un brillo muy particular.

    Sirviéndose de momentos escalofriantes (el niño-robot acercándose a la cámara) y vomitivos (la muerte de Martha) apoyados en el buen trabajo de fotografía de Luigi Kuveiller, la estimulante banda sonora y la puesta en escena, que juega con las luces, las sombras y la intesidad de los tonos, el italiano confiere elegancia a lo repugnante y despiadado, en definitiva, a la violencia, que se percibe realista y grotesca; todo transformado en puro arte, y para ello se necesita talento, señoras y señores. Entre tanto contamos con actores decentes y poco más, donde destacan Glauco Mauri, Macha Méril, esa siniestra Clara Calamai y David Hemmings, por empachoso que resulte.
    Aun con sus evidentes fallos (personajes innecesarios que vienen y van, conocidos clichés del género, las sobrantes escenas entre Marc y Gianna), “Rojo Oscuro” puede situarse, sin temor a equivocarnos, entre los más memorables trabajos del cineasta y los mejores “giallos” de la Historia, siendo de gran influencia para posteriores obras de Carpenter, Cronenberg, Lynch, Tarantino, (Kiyoshi) Kurosawa y sobre todo DePalma, amén de los italianos Fulci y Lamberto Bava.

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