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Irrational man

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Woody Allen continúa con su plan de escritura, rodaje y estreno de una película cada año por estas fechas. Lo que para algunos es una manera poco selectiva de crear cine, para Woody ya es una forma de trabajar en la que  parece que se siente cada vez más cómodo. Por supuesto, no podemos esperar de él una obra maestra cada año, pero sí una gozosa alternancia de comedias ligeras, dramas personales o (como en el caso que nos ocupa) todo un tratado de filosofía concentrado en poco más de hora y media de película.

“Irrational man” nos cuenta como Abe Lucas (Joaquin Phoenix), un profesor de Filosofía, llega a una nueva universidad a dar clase. Su vida, tras una serie de desgracias personales, está vacía y la ansiedad y el alcoholismo forma parte de su día a día. Ni siquiera la estimulante admiración que por él siente la alumna Jill (Emma Stone) le saca de su apatía emocional, hasta que un día descubre por casualidad la forma de poner en práctica teorías filosóficas de forma que den lugar a un resultado práctico.

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Hacía muchos años, desde que estrenara “Match Point” en 2005, que una película del maestro neoyorquino no me hacía pensar tanto. En ésta, su última película estrenada, Allen nos vuelve a mostrar su particular (y pesimista) visión de la vida, de la sociedad y del alma humana. El protagonista, un personaje superior en todas sus facetas a las personas con las que convive, vive angustiado, sin encontrar sentido a una vida que le ha quitado a su mejor amigo y ha hecho que su mujer se fuera con otro. Tampoco encuentra sentido a una sociedad que él en su juventud ha luchado por hacer mejor de lo que era hasta darse cuenta de que luchaba contra un monstruo invencible, la maldad que habita en el corazón humano. Por todo ello, reniega en parte de las ideas filosóficas que enseña, ya que considera que son sólo teorías, imposibles de llevar a la práctica.

En este sentido, Allen hace que su personaje tenga la oportunidad de llevar a cabo una acción existencial que hará que el mundo sea un poco mejor. Sin embargo este tipo de actos son considerados criminales por la sociedad y duramente castigados. Aquí llega el momento clave del film, cuando Jill se entera de la acción cometida por Abe, a pesar de admirarle y estar profundamente enamorada de él, se niega a aceptar lo que ha hecho. Su limitada visión del mundo hace que no sea consciente de la importancia del acto cometido por Abe y le insta a que se entregue. Este es el contraste que Woody Allen nos quiere mostrar, como las personas con una manera de ver la vida diferente a lo marcado por la sociedad, son rechazados hasta por las personas más próximas a ellos. Este contraste nos retrotrae a otra gran película hecha ya hace 55 años, me refiero a “En un lugar solitario” (“In a lonely place” 1950, Nicholas Ray). En ella, el personaje de Humphrey Bogart se enfrentaba a la soledad, al ser rechazado por la sociedad hollywoodense y por su amada (Gloria Grahame) que no aceptan su forma de ser directa, caustica e incluso violenta.

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Fundamental para hacer creíble la situación planteada en la película es el buen hacer de la pareja protagonista. Joaquin Phoenix nos tiene más que acostumbrados a su maestría como actor y nuevamente nos asombra su capacidad para expresar las diferentes situaciones emocionales que atraviesa su personaje a lo largo de la película. Por su parte Emma Stone nos ofrece la que, sin duda, es su mejor actuación hasta la fecha, poniéndose en la piel de la inteligente, ilusionada, sofisticada y enamorada Jill. La señorita Stone y el señor Phoenix nos regalan escenas juntos llenas de verdad, de sencillez interpretativa, verdaderas delicias a los ojos de un espectador que no sabe si le gusta más la reflexión filosófica que plantea la película o la relación cada vez más íntima entre el profesor y la alumna.

Técnicamente se echa de menos alguna de esas tomas maravillosas que Woody Allen nos regalaba siempre en su mejor época. Así mismo el montaje de las diferentes escenas en ocasiones resulta brusco y deslavazado, pero la película en general en los aspectos técnicos no desagrada, aunque tampoco destaca especialmente.

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Imposible no recordar, tras ver la película, otro film de Woody Allen que también nos hablaba de la moral y del sentido (o no) de culpabilidad. Me refiero a esa maravilla que es “Delitos y faltas” (“Crimes and misdemeanors”, 1989). La que quizás sea mi película favorita de Allen trataba la moral desde un punto de vista religioso y a través de un personaje que lo tiene todo en la vida. Precisamente el miedo a perder lo conseguido durante su vida le hace ser responsable de un crimen que le perseguirá para siempre.

Como sucede en prácticamente todas las obras de este director, la música y, como no, el jazz están muy presentes en la película, siendo el tema principal de la misma, así como varios de los que aparecen a lo largo del metraje, responsabilidad del Ramsey Lewis Trío. Otra razón más para disfrutar de una gran película (otra más) de uno de los directores imprescindibles del cine americano de los últimos 40 años.

Gabriel Menéndez Piñera

 

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