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El hijo de Saúl

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Han sido varias las películas, en los últimos años, que nos han contado el horror de los campos de exterminio instalados por los Nazis durante la Segunda Guerra Mundial, en su empeño de terminar con la raza judía. Sin duda todos recordamos obras como “La lista de Schindler” (“Schindler´s list” 1993, Steven Spielberg) o “El pianista” (“The pianist” 2002, Roman Polanski). Hay otras, menos conocidas, como “La zona gris” (“The grey zone” 2001, Tim Blake Nelson), que quizás sea la más semejante a la que hoy nos ocupa.

“El hijo de Saúl” (“Saul Fia” 2015, Laszlo Nemes) nos vuelve a contar una historia sobre el exterminio de los judíos. desde el punto de vista de un prisionero de uno de esos campos de concentración. Saúl es un judío que pertenece a un  Soderkommando, es decir a un grupo de prisioneros encargado de ayudar a los alemanes a exterminar a sus propios compañeros. Ante toda la locura que tiene a su alrededor, Saúl toma la firme y arriesgada decisión de enterrar el cadáver de un muchacho según el rito judío para que no acabe quemado en un horno como el resto.

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La película está narrada de una forma tan arriesgada como original, la cámara se mantiene en todo momento tomando un primer plano del rostro de Saúl e intuimos, más que vemos, todo lo que está sucediendo a su alrededor, las ejecuciones, los lamentos, los gritos, la desesperación, los empujones, el horror. Esto hace que nos esforcemos en ver algo que apenas se nos muestra, cuando en realidad nuestra  conciencia debería mandar hacernos lo contrario, es decir, apartar la vista de la pantalla.

 El director, Laszlo Nemes, juega de esta manera con el morbo del espectador que asiste a una especie de tour para visitantes a lo largo de todos los departamentos y actividades del campo de exterminio. La película no se hace fácil de ver, ya que la forma en que está rodada hace que llegue a hacerse pesada, pero no cabe duda que el trabajo realizado por el equipo técnico, para rodar estas largas tomas sin cortes y con tanta gente moviéndose alrededor de la cámara, ha tenido que ser inmenso.

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Todo ello hace que el espectador sienta que está viviendo una pesadilla, uno de esos sueños en los que te mueves de un lado para otro y suceden hechos a tu alrededor, pero tú no tienes la capacidad de modificar ni intervenir en lo que sucede. Sólo puedes observar aterrado y desear que, efectivamente, todo sea sólo un sueño.

Es, sin duda, el aspecto técnico de la película su mayor baza a nivel crítico y su mayor pega a nivel del gran público. El hecho de estar rodada manteniendo primeros planos del rostro del protagonista en la pantalla en todo momento hará que el público acostumbrado a los blockbusters pierda fácilmente el interés por el film. Sin embargo aquel espectador que busque algo más que el puro entretenimiento puede quedar fascinado por la dificultad técnica y las posibilidades artísticas de esta forma de contar una historia muy dura, por mucho que ya la conozcamos.

Ladzlo Nemes sorprende en su opera prima con una forma de narrar original, casi documental, pero que parece demasiado empeñada en que conozcamos todos los rincones del campo de exterminio. En mi opinión hubiese ganado en realismo si se hubiese ceñido a menos escenarios de los que se nos muestran en pantalla, lo cual no quita mérito a una puesta en escena que, al tener que ser mostrada de refilón y muchas veces desenfocada, requiere de un trabajo extra y de una planificación concienzuda.

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Como es lógico, todo el peso actoral recae en manos de su protagonista Géza Rohrig, el cual aprueba sobradamente el reto al que le somete Nemes de aparecer en el 98% del metraje del film y en un papel no exento de complicaciones. Rohrig crea un personaje en pantalla obsesionado por una idea a la que dedica todo su esfuerzo, poniendo en riesgo su vida y la de otras personas. Su trabajo es una de las muchas razones de que el espectador se pueda ver atrapado en esta especie de pesadilla visual y auditiva, en la que parece que llegamos a percibir el olor de la carne quemada.

El gran valor artístico del film le ha llevado a ser galardonado con una gran cantidad de premios, como el Gran premio del jurado y el premio Fipresci en el pasado festival de Cannes o el Globo de Oro a la mejor película de habla no inglesa. Igualmente, está entre las cinco finalistas que aspiran a obtener el Oscar a la mejor película de habla no inglesa el mes que viene.

Gabriel Menéndez Piñera

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