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El olivo

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Aferrarse a un recuerdo de la infancia como si te fuera la vida en ello, buscar un sentido a una vida que carece de él, sentir que estás haciendo algo positivo, creer en el amor (sea romántico o fraternal), luchar contra molinos y ver que hay gente que, a sabiendas de la locura de esa pelea, te apoya. Todo ésto es lo que nos muestra Icíar Bollaín en su última película “El olivo”, en la que la directora madrileña no deja de lado la crítica a nuestra sociedad, presente en practicamente toda su filmografía.

Alma (Anna Castillo) es una joven que regenta un criadero de pollos y que ve como su abuelo, con el que mantiene una relación de afecto muy especial, se está muriendo poco a poco. El anciano sufrió un gran trauma cuando, unos años atrás, sus dos hijos decidieron vender el olivo milenario que estaba en sus campos, pese a la oposición del patriarca familiar. Viendo consumirse a su abuelo, Alma decide que la única forma de que recupere las ganas de vivir es traer de vuelta el olivo. Para conseguir tal logro la joven involucrará a todas las personas que la aprecian en una lucha imposible.

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Lo primero que quiero destacar de este film es el guión del escocés Paul Laverty, habitual colaborador de Icíar Bollaín y  de Ken Loach. Laverty vuelve a dar en el clavo a través de una historia en la que la complejidad de los personajes se convierte en su mejor baza para lograr comunicar y transmitir una serie de conceptos profundos, sociales y muy emotivos. La quijotesca lucha de Alma tiene su apoyo principal en dos Sancho Panzas muy diferentes, su tío Alcachofa (Javier Gutierrez) y su amigo Rafa (Pep Ambrós) que está enamorado de la joven, lo que le lleva a seguirla ciegamente en su búsqueda del árbol familiar.

De todos los personajes, el que más llama la atención es Alma, la protagonista, la cual mantiene una lucha interna muy fuerte, casi rozando en la obsesión compulsiva. Pero no sólo ella es atractiva como personaje, ya que todos los que aparecen en el film tienen sus luces y sus sombras, nada es blanco ni negro en la historia, lo que le da un tono muy veraz a un relato que parece una mezcla entre realismo social y realismo mágico.

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Los interpretes encargados de dar vida a estos personajes realizan su labor de forma notable. Javier Gutierrez vuelve a dar muestra de su enorme facilidad y naturalidad para hacer creíble su trabajo. Pep Ambrós nos regala una actuación sobria, sencilla, pero plena de talento, creo que, sin duda, nos ofrecerá más como ésta en el futuro. Por su parte Anna Castillo, que carga sobre sus hombros con el personaje principal, se convierte en una más que agradable sorpresa al desnudar el alma de su personaje de forma reiterada y con una aparente facilidad que sorprende y entusiasma al espectador.

En cuanto a la dirección, Icíar Bollaín vuelve a dar con la tecla de su mejor cine. Un cine comprometido, emotivo, realista y pleno de personajes atrayentes. La directora española nos muestra una vez más su talento para las grandes panorámicas, las cuales alterna con primeros planos de los personajes en un desesperado intento de sacarles el alma a los mismos y ofrecérselas al espectador en bandeja para que las digiera y las haga suyas.

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El ritmo de la película es muy ágil durante todo el metraje, Bollaín consigue que el film nunca se estanque en alguna de las muchas etapas por las que transcurre. Se podría decir que la película está estructurada en pequeñas partes, pequeñas fases que se van completando y que están separadas por flashbacks en los que la protagonista recuerda su infancia con su abuelo y su árbol. Todo lo que le sucede a la protagonista le lleva a este recuerdo dichoso al que sabe que no va a poder regresar.

Si algo se le puede achacar al film es algunas situaciones inverosímiles y algún exceso interpretativo de Anna Castillo en momentos puntuales, pero no desmerecen el valor de un film al que hay que entrarle con la sensibilidad necesaria para entenderlo y conectar con los personajes del mismo.

Sólo me queda pedir que el matrimonio personal y profesional formado por Icíar Bollaín y Paul Laverty se mantenga viento en popa para que nos sigan regalando otras  obras conjuntas tan bellas como “El olivo”. Por desgracia, me temo que seguiremos vendiendo olivos milenarios, seguiremos perdiendo nuestra historia, nuestras costumbres y dejaremos que las multinacionales nos digan lo que tenemos que comer, vestir y consumir los próximos dos mil años.

Gabriel Menéndez Piñera

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