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Detroit

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Se cumple este año el cincuenta aniversario de los disturbios raciales producidos en la ciudad norteamericana de Detroit en 1967. Nada mejor para conocer con detalle buena parte de lo acaecido en aquellas fechas, que acercarse a una sale de cine a ver “Detroit”, la última película de la directora Kathryn Bigelow, la cual consigue una perfecta mezcla al mostrar, por una parte,  hechos reales y, por otra, la representación de esos momentos puntuales que es imposible conocer.

La película comienza con la redada en un bar ilegal que originó todo. A partir de ahí el descontrol se apodera de la ciudad y, como en toda guerra, florece lo peor del ser humano. El argumento se centra en el episodio vivido por un grupo de jóvenes afroamericanos y dos chicas blancas en el Motel Algier. La policía y la guardia nacional asalta el motel buscando al autor de unos disparos contra los agentes. Lo que sucede a partir de ese momento demuestra hasta que punto era (y es) necesario educar al ciudadano medio al respecto de la integración racial.

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Para poner en situación al posible espectador que desconozca los detalles de la revuelta, comentaré unos pocos datos. Durante los cinco días que duró la revuelta hubo 43 muertos, más de 1000 heridos, más de 7000 personas fueron arrestadas y más de 2000 edificios fueron destruidos.

Bigelow busca acercarse todo lo posible a la tensión vivida durante esos días en la ciudad. Tensión que sufrían tanto los ciudadanos de color, cuyos barrios eran literalmente campos de batalla, como los policías encargados de intentar poner orden en una falla a la que ellos mismos llevaban atizando el fuego durante demasiado tiempo. Para ello no duda en intercalar fotografía e imágenes de archivo entre su propio material, lo que le da un toque documental al film y hace que el espectador se traslade literalmente a ese verano de 1967, caluroso y trágico a partes iguales.

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El argumento del film, cuya mayor parte nos narra el suceso acaecido en el Motel Algier, se centra así mismo en dos de las personas presentes en el mismo. Por un lado, Dismukes (John Boyega) es un afroamericano que trabaja como vigilante de seguridad en una tienda cercana al motel y acude al mismo cuando empiezan los disparos contra la guardia nacional. Por otro lado, Larry (Algee Smith) es el cantante del grupo vocal “The Dramatics”, los cuales aspiran a ser fichados por la Motown y que, junto a un amigo, se refugia en el motel tras darse cuenta que les es imposible llegar hasta sus edificios, situados en medio de la batalla. Se nota que el guionista Mark Boal ha hablado largo y tendido con estas dos personas sobre lo sucedido aquella noche, ya que son estos dos personajes los que son tratados con mayor intensidad y a los que vemos en su vida anterior al suceso.

Dejando aparte las virtudes de “Detroit” como narrador de unos sucesos lamentables y que deberían enseñar muchas cosas a los espectadores que se acerquen a verla, el film tiene otros muchos valores que ahora paso a destacar. Lo primero que llama la atención es, como ya dije, la facilidad con la que se traslada al espectador al lugar de los hechos. Además, el montaje y el uso de la cámara en mano, ayuda notablemente a aumentar la tensión de forma creciente y exponencial hasta hacer que la platea se revuelva inquieta en su butaca, deseosa de poder liberar toda esa tensión que se está generando delante suyo.

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Otro aspecto muy destacable es que Kathryn Bigelow trata al espectador como a una persona adulta. No esconde nada, no se deja intimidar por la presión que supone tratar tan espinoso tema y consigue realizar una película dura, realista y necesaria en los tiempos que corren. Así mismo, pese a tomar parte por uno de los bandos, en ningún momento llega siquiera a rozar lo panfletario, ya que se nos muestran personajes amables y personajes odiosos en ambos lados de la batalla. Quien realmente es atacado, desde la primera secuencia animada que abre el film, es el sistema norteamericano, que ha dejado de lado (por decirlo suavemente) a la población de raza negra a lo largo de la historia.

La película muestra todo eso y más. Muestra la intolerancia, la ignorancia, la violencia y la desigualdad existente en la sociedad norteamericana. Y sobre todo deja entrever que el sueño de igualdad de derechos de la población afroamericana en esa época tenía tan pocas posibilidades de hacerse realidad como esa actuación del cantante de “The Dramatics” ante un teatro vacío de un público blanco que nunca le escuchará.

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Pero lo mejor (o lo peor) de todo, es que lo que vemos en la pantalla podría estar pasando ahora mismo. El problema sigue estando ahí y el espectador lo sabe y se da cuenta de ello mientras ve la película. Eso hace que éste no se pueda mostrar indiferente ante lo que ve, si no que nota que algo se le revuelve por dentro.

“Detroit” es una película que, tanto por sus valores artísticos, como por los hechos que cuenta, debería ser vista por la mayor gente posible. Por ello animo a todo el mundo a que deje por dos horas y media su burbuja particular y se traslade 50 años atrás, a ese verano en el que los americanos tenían dos guerras abiertas: una en Vietnam y otra en su propia casa.

Gabriel Menéndez Piñera

 

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