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Dolor y gloria

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Hace ya 20 años, tras ver en el cine “Todo sobre mi madre” (1999, Pedro Almodóvar), que me di cuenta que tenemos en nuestro cine un director con una sensibilidad extraordinaria a la hora de crear historias y trasladarlas posteriormente a la pantalla. No era la primera película que veía de él, pero si fue la primera en que me sentía ligado de una forma especial a esta persona. Ahora, tras ver su última película “Dolor y gloria”, esa conexión se ha multiplicado de forma exponencial, ya que la emoción que me ha proporcionado su visionado, ha sido quizás la mayor que he experimentado en una sala de cine.

Salvador Mallo (Antonio Banderas) es un director de cine que se encuentra en el otoño de su experiencia personal y profesional y cuyo éxito como tal, no impide que su vida en este momento preciso, sea un calvario tanto  físico como emocional. Su cuerpo le produce un dolor constante, al igual que su mente, por lo que se refugia en los recuerdos de su infancia con su querida madre, mientras se propone corregir, quizás de forma inconsciente, alguno de los errores de su pasado.

Almodóvar se desnuda por completo delante del papel, transformándolo posteriormente en imágenes en movimiento, para mostrarnos su vida tanto pasada como actual, sus sentimientos, sus pesares y alegrías, sus comienzos y finales. Todo un torrente emocional que se transmite al espectador mediante una serie de escenas plenas de verdad, de esas que te parece estar viviendo junto a los actores que ves en la pantalla.

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El resultado es una victoria absoluta del director manchego, una de las películas más hermosas, emocionantes y sentidas de nuestro cine pasado y presente. Una historia, la suya propia, narrada de una forma inteligente, original, sensible en grado superlativo, desnudando su alma en la pantalla y creando una oleada de sensibilidad que arrastra al espectador hacia una isla mental en la que no le queda más remedio que replantearse su propia vida.

“Dolor y gloria” se convierte en un acto de contrición propia y ajena, buscando no tanto la enmienda, como expulsar de dentro de sí gran parte de los demonios que le acechan en las largas noches de insomnio. Un acto creado a partir de unos recursos narrativos de una excelencia pocas veces vista en una película. La manera sutil en la que se van hilando los diferentes recuerdos de su infancia y madurez, disolviéndolos entre las escenas de su vida actual, sólo se puede calificar de gloriosa. El director demuestra tener un control total del arte de la dirección cinematográfica, controlando el tempo de la película de forma magistral y llevando al espectador por donde él quiere que vaya.

Las escenas tienen un ritmo pausado, con silencios que incitan al espectador a reflexionar sobre lo que ve y le ayudan a meterse en el cerebro del autor de esta gran obra. Abundan los primeros planos de los protagonistas, de tal forma que es en la mirada de los mismos, donde encontramos las respuestas a lo que no se dice con palabras. Miradas que hieren, que emocionan, pequeños gestos de complicidad entre ellos que potencian el realismo de la historia.

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Es curioso que sea precisamente en esta película donde Almodóvar consigue algo que hasta ahora no había visto en ninguna de sus otras obras, que sea el trabajo de los actores el  que resalte más que el de las actrices. Tanto Antonio Banderas como Asier Etxeandía están enormes en sus respectivos papeles. Antonio se transforma en Pedro, no sólo en sus gestos o andares,  si no también y sobre todo en la mirada y en la forma de expresarse. Por su parte Asier Etxeandía compone un personaje extraordinario, pleno de matices que comparte con Banderas los mejores diálogos de la película.

Sin embargo hay una escena tremendamente especial, que no voy a decir en que consiste para no hacer “spoiler”, sólo diré que es el momento que comparten Antonio Banderas y Leonardo Sbaraglia. Esta escena,  desde su inicio con ambos actores en planos diferentes, logra emocionar de una manera tal, desde la sencillez más absoluta, que no tuve más remedio que rendirme (una vez más) ante el genio creativo del señor Pedro Almodóvar.

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No pude evitar acordarme de Federico Fellini mientras veía “Dolor y gloria”, no sólo por esas escenas de la infancia que recuerdan a “Amarcord” (1973, Federico Fellini), o por la desnudez con que se nos muestra la propia esencia del autor, tal y como pasaba en “Fellini 8 1/2″ (1963, Federico Fellini). También o sobre todo por esa sensación de estar dentro de la película, de sentirte cerca de los personajes y del entorno por el que transcurre la acción. Sensación que tuve sobre manera con otra película del genio italiano, “Almas sin conciencia” (“Il bidone” 1955, Federico Fellini).

Ahora escribiendo esta crítica, me acuerdo de cuando me tropecé con él por las calle de mi ciudad,  fue a mediados de los 90 durante el Festival de cine de Gijón (no recuerdo el año exacto). El iba acompañado de Carmen Maura y de Juan Echanove y me preguntaron a mi y a las dos personas que me acompañaban por el Savoy (local mítico de Gijón), se lo indicamos, nos dieron las gracias y siguieron su camino. Si en ese momento llego a saber todo lo que esa persona iba a aportar a mi vida, le hubiera dado el abrazo que desde ayer, cuando salí del cine, llevo deseando darle.

Almodóvar parece haber presentido que la muerte andaba escondiéndose entre los rincones de su casa y nos ha regalado este testamento vital, por lo que pudiera pasar. Ha querido poner en orden su mente, despejar sus remordimientos y dejarnos claro que escribir y rodar le da sentido a su vida, pero no sólo eso.

Gabriel Menéndez Piñera

 

 

2 comentarios a Dolor y gloria

  • Samantha  dice:

    Buenas!
    Acabo de ver la película que me ha gustado mucho pero me he quedado con la duda del sindrome que hablan casi al final, después del tac y de lo que finalmente le operarán para que pueda tragar sin problemas.
    Me lo podrias recordar? El diagnóstico que le dan?
    Se que no es nada relevante para la película pero si para un amigo mio al que le pasa lo mismo…
    Mil gracias

    • celuloide  dice:

      Hola, pues sinceramente no me acuerdo muy bien ya que como dices no es relevante. Creo recordar que era una especie de hueso que se había desplazado hacia la traquea y que era lo que le ocasionaba los accesos de ahogo. La operación consistía en serrar esa parte del hueso que obstruía la respiración.
      Un saludo.

Comentarios

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