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El hombre que mató a Liberty Valance

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Que John Ford era un genio, creo que es algo que nadie podrá discutir, pero que cada día que pasa en la historia del cine su leyenda debería hacerse más y más grande es algo que habría que reivindicar con fuerza. Ford es como uno de esos amigos al que hace mucho que no ves y que un día quedas con él para tomar algo. Al poco rato te das cuenta que es como si el tiempo se hubiera detenido, como si no hubieran pasado años desde vuestro último encuentro, todo surge frente a ti nuevamente de forma clara, espontánea y maravillosa. En el caso de “El hombre que mató a Liberty Valance” (1962) esto se cumple al 100%, ya que se trata de una obra hipnótica en la que Ford inició el ocaso de su carrera desde el punto más alto posible.

Ramsom Stoddard (James Stewart) y su esposa  Hallie (Vera Miles) vuelven ya ancianos al pueblo del oeste en que se conocieron, para rendir honores al difunto Tom Doniphon (John Wayne). El ahora senador de los Estados Unidos relata a unos periodistas locales su historia y como nada más poner un pie en el oeste fue atacado por un bandido llamado Liberty Valance (Lee Marvin).

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Lo que primero destaca en este film es que la mayoría de las escenas o son interiores, o son tomas exteriores nocturnas, rodadas en estudio. Es el primer western de John Ford en el que no sorprende al espectador con su habilidad para rodar inmensas panorámicas en exteriores, si no que se centra casi exclusivamente en los diálogos, los personajes y la simbología que encierran. La razón para ello, en mi opinión, era no distraer al espectador de lo que Ford realmente quería contar, la desaparición de un estilo de vida y la llegada de otro que lo sustituye, al menos en parte.

El guión, firmado por James Warner Bellah y Willis Goldbeck, basado en una novela corta de Dorothy M. Johnson es sencillamente fascinante. En él se nos muestra como James Stewart, un hombre sin pistola en el salvaje oeste, consigue conquistar el corazón del pueblo y de la mujer que hasta entonces pertenecían a Tom Doniphon. Tom es el verdadero protagonista de un film que, repleto de simbología, nos acerca a esa figura del vaquero honesto, trabajador y bruto, que se ve desplazado por Ramsom, un nuevo tipo de hombre de leyes, culto y con modales. Pero Tom no lucha contra Ramsom, sino que lo ayuda, lo apoya, es su alma mater continuamente, a pesar de que ve como todo lo que era su mundo hasta ahora, se desvanece entre sus manos.

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El reparto protagonista es majestuoso, no se puede imaginar a mejores actores en los papeles que tanto Wayne, como Stewart o Miles bordan de una manera sencillamente exquisita. El único pego es que James Stewart a sus 54 años chirría un poco en su papel de joven abogado recién llegado al Oeste, por mucho maquillaje que le pusieran. Como en todas las películas de John Ford, los personajes secundarios tienen mucha importancia y ahí están Edmond O’Brien, Lee Marvin, Ken Murray o John Carradine para dejar, una vez más, el listón muy alto.

Ya sólo por el guión y los actores merecería la pena ver “El hombre que mató a Liberty Valance”una y otra vez, pero es que el trabajo de John Ford no tiene parangón. Desde el uso de un blanco y negro (por el que tuvo que pelear con el estudio denodadamente) cuyas luces y sombras nos dejan momentos maravillosos, pasando por una puesta en escena que es simplemente brillante y terminando porque su forma de narrar, de componer las escenas, no ha sido nunca superada por ningún otro director.

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El tono sombrío del film, como los personajes luchan de una forma muy pasiva, cansada, por lo que persiguen, es una buena muestra del momento del propio director. Ford nos muestra como América (simbolizada en el personaje de Vera Miles), dejó de pertenecer a hombres de verdad, con una honestidad y una hombría a prueba de bombas, para ser sustituidos por petrimetres con buenas intenciones, pero que son capaces de perpetuar una mentira para llevar a cabo sus fines. Sin embargo esa América nunca olvidará en su corazón a esos hombres que la formaron y la acompañaron en su juventud.

Como contrapunto a este tono sombrío y a la ausencia de escenas de acción, Ford recurre (quizás demasiado frecuentemente) al humor, mediante los personajes secundarios. personajes que son como los payasos de un circo de tres pistas; distraen momentáneamente, pero al día siguiente ya nadie se acuerda de ellos, debido a la majestuosidad del espectáculo principal.

John Ford, es uno de los mejores directores de la historia del cine y no, no sólo hizo westerns. Hizo dramas, comedias, cine bélico, cine de aventuras, siempre dentro de un sistema de grandes estudios que le iba como anillo al dedo a su forma de trabajar. Vean cine de John Ford, verán cómo su cabeza empieza a funcionar, cómo una extraña sensación de placer les recorre el organismo y cómo, sin apenas darse cuenta, sonreirán sin saber por qué.

Gabriel Menéndez Piñera

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